En una reflexión profunda sobre la memoria y la ausencia, Selva Almada presenta su más reciente obra, "Una casa sola", publicada por Random House. En este relato, la autora entrerriana nos sumerge en un paisaje del litoral argentino, donde una vivienda precaria se convierte en el narrador de una historia de desaparición y olvido. Inspirándose en la célebre frase de Jorge Luis Borges, "Ya somos el olvido que seremos", Almada utiliza la casa como un símbolo de lo que fue y de lo que ya no está, ofreciendo una mirada íntima sobre cómo los espacios pueden conservar las huellas de quienes los habitaron.

Situada en el corazón del monte entrerriano, la casa de los Lucero, que lleva una década deshabitada, es testigo de la misteriosa desaparición de sus últimos moradores. Con una prosa evocadora, la autora describe cómo la naturaleza ha comenzado a recuperar lo que una vez le perteneció: raíces que invaden los cimientos, animales que se adueñan de las habitaciones y el paso del tiempo que borra las señales de vida humana. A medida que el lector se adentra en esta atmósfera, se siente atrapado por la inquietante sensación de que el entorno mismo está vivo, conteniendo secretos y relatos que claman por ser recordados.

La narrativa de Almada no se encuadra en el género policial ni en el thriller, aunque el suspenso está presente de manera sutil y perturbadora. La desaparición de Lucero, su esposa y sus cuatro hijos es un enigma que no se resuelve del todo, dejando al lector con la incertidumbre de su paradero. Las pistas que se sugieren son insuficientes para desentrañar este misterio, lo que convierte la búsqueda de respuestas en un motor vital del relato. La casa, por su parte, recuerda y observa, intentando reconstruir fragmentos de las vidas que una vez la habitaron, y en ese proceso, se convierte en un personaje en sí misma.

A través de descripciones vívidas, Almada evoca la vida cotidiana de la familia Lucero: el aroma que impregnaba las paredes, los juguetes de los niños esparcidos en la galería, y los restos de una existencia que, aunque ausente, sigue presente en el espacio. La autora nos invita a reflexionar sobre cómo el vacío de la ausencia puede, paradójicamente, adquirir una forma tangible. El deterioro de la casa, con sus mosaicos rotos y yuyos brotando de las paredes, se convierte en un símbolo de la fragilidad de la memoria y de lo efímero de la vida.

En última instancia, "Una casa sola" no se centra únicamente en la desaparición de una familia, sino en las huellas imborrables que dejan en su entorno. Almada nos recuerda que el olvido no es una opción, y que la memoria persiste en los espacios vacíos que habitamos. A través de su prosa poética, la autora nos invita a contemplar el eco de las vidas pasadas, que resuena en cada rincón de la casa. Como diría Borges, el vacío tiene una existencia infinita, y es en esa búsqueda de lo perdido donde encontramos un sentido de continuidad.

En conclusión, la obra de Selva Almada se presenta como un viaje a través del tiempo y la memoria, donde una casa se convierte en el símbolo de lo que fue y de lo que sigue vivo en el recuerdo. La desaparición de los Lucero puede ser un misterio sin respuestas, pero la historia que se teje en torno a ella es un poderoso recordatorio de que el pasado nunca se desvanece del todo, y que siempre hay algo que permanece en el eco de la memoria.