En el proceso de mudanza, decidí preservar un antiguo marco que había pertenecido a mis abuelos, un objeto que evocaba recuerdos difusos de mi infancia. Su diseño dorado y la madera de terciado me llevaron a rememorar momentos pasados, como las celebraciones familiares que compartimos en esa casa durante tres décadas. A pesar de la tentación de deshacerme de él, opté por rescatarlo, sintiendo que al hacerlo, también salvaguardaba parte de mi historia.
Durante esa mudanza, reflexioné sobre la inevitable pérdida que acompaña el paso del tiempo. La muerte de seres queridos, como mi abuela, quien siempre creí que estaría a mi lado, y la distancia con amigos que ya no están, me han dejado una profunda sensación de extrañeza. A medida que los años avanzan, el paisaje de mi vida se transforma, y con ello, la nostalgia se convierte en una compañera constante que a veces resulta difícil de sobrellevar.
Sin embargo, encontré una forma de lidiar con esos sentimientos. Recordé una conversación con una amiga sobre el duelo que experimentaba una mujer que no podía desprenderse del cuarto de su madre, quien había vivido con ella hasta su fallecimiento. La incapacidad de dejar ir ciertos espacios físicos puede reflejar una conexión con el pasado que dificulta el proceso de adaptación a las nuevas realidades. Aceptar la transformación que trae la vida es clave para aliviar la carga de la nostalgia y permitirnos avanzar hacia el futuro.



