En el invierno de 210 d.C., el emperador romano Septimio Severo, en una etapa avanzada de su vida y aquejado por graves problemas de salud, se encontraba en Britania, liderando lo que serían sus últimas campañas militares. Su presencia en esta región del imperio no solo reflejaba la necesidad de consolidar las fronteras romanas, sino que también sería el preludio de una serie de crisis políticas que marcarían el inicio de un periodo de inestabilidad y conflicto en Roma, tal como señala el historiador Simon Elliott en su biografía sobre el dirigente africano.

La muerte de Severo, tras años de sufrimiento y de enfrentamientos, dio inicio a una época de tumulto caracterizada por la violencia y la ambición militar. Este escenario caótico no solo transformó el panorama político de la época, sino que también dejó una huella indeleble en la historia del imperio, abriendo el camino a décadas de guerras civiles y luchas por el poder.

En sus últimos momentos, el deterioro físico de Severo alimentó los rumores sobre su muerte inminente, lo que llevó a un grupo de soldados a proclamar a su hijo como el nuevo emperador. Este acto anticipado de sucesión reflejó la inestabilidad que reinaba en el imperio, donde la lealtad y la ambición estaban en constante conflicto. Sin embargo, el propio Severo logró sofocar esta crisis al reunir a sus tropas, siendo transportado en camilla para demostrar que aún estaba vivo. En un acto de autoridad, pronunció la célebre frase: “¿Ahora comprenden que lo que manda es la cabeza y no los pies?”, lo que conmovió a los soldados y los llevó a pedir perdón entre lágrimas, reafirmando su lealtad hacia él.

Nacido en 145 d.C. en Leptis Magna, en la actual Libia, Severo provenía de una familia noble y adinerada, lo que le permitió recibir una educación destacada y impulsarlo hacia la vida pública desde temprana edad. A partir de 191, gobernó una de las provincias más estratégicas del imperio, ubicada en la parte superior del Danubio, lo que le otorgó el mando sobre un contingente militar considerable. Esta posición sería crucial cuando el emperador Cómodo fue asesinado en 192, un evento que Elliott describe como uno de los episodios más extraordinarios de la historia romana.

El asesinato de Cómodo desató una rápida sucesión de emperadores, todos con destinos igualmente violentos. Pertinax fue el primero en asumir el trono, pero fue asesinado por la guardia pretoriana. Luego, Didio Juliano, que ascendió al poder mediante sobornos, tampoco logró consolidar su dominio. En este contexto de caos, Severo vio la oportunidad perfecta para avanzar hacia Roma. Tras la condena a muerte de Juliano por parte del Senado, Severo inició una serie de represalias contra sus adversarios políticos, lo que consolidó aún más su posición.

Entre los años 193 y 197, Severo enfrentó dos peligrosas amenazas internas: Clodio Albino en la Galia y Pesceño Níger en Oriente Próximo. Mediante una combinación de astucia y determinación, primero negoció con Albino para neutralizar a Níger, y tras derrotar a este último, traicionó a Albino, llevándolo a una batalla sangrienta en territorio galo. Esta serie de maniobras no solo demostró su habilidad militar, sino también su capacidad para maniobrar en un entorno político extremadamente volátil. Después de estas victorias, Severo implementó una ola de ejecuciones contra los seguidores de sus oponentes, consolidando así su poder en un imperio que, en ese momento, se encontraba al borde del colapso.