Durante muchos años, la educación infantil se enfocó en la transmisión de contenidos, el control de conductas y la evaluación de resultados. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el aprendizaje va más allá de lo cognitivo, convirtiéndose en un proceso que abarca dimensiones emocionales, corporales, sociales y culturales.

Las neurociencias, junto con la Psicología y la Pedagogía crítica, destacan que no podemos hablar de una única infancia, sino de un conjunto diverso de infancias que se ven influenciadas por distintos contextos sociales, culturales y económicos. De acuerdo a datos de la UNESCO, un 40 % de los niños en América Latina crece en condiciones de pobreza multidimensional, lo que tiene un impacto significativo en su desarrollo. Esto plantea la necesidad de replantear el papel de las instituciones educativas, que deben ir más allá de la mera transmisión de conocimientos para centrarse en el acompañamiento y fortalecimiento de trayectorias de vida.

En nuestro reciente libro, "Neuropsicoeducación en las infancias", coescrito con la Mg. Sandra I. Vigo, subrayamos que no hay aprendizaje sin emoción. Las investigaciones indican que factores como la motivación, la seguridad afectiva y el juego son cruciales para el aprendizaje efectivo. La educación del siglo XXI debe incorporar estos hallazgos científicos en la práctica diaria, creando aulas que prioricen el vínculo emocional, la curiosidad y la expresión. En este contexto, entender el error como parte del proceso de aprendizaje y fomentar un ambiente positivo son claves para desarrollar potencialidades en los niños.