La multifacética Daniela Azulay, periodista, fotógrafa y educadora, se presenta como una ferviente mediadora de lectura y escritura. Con su pasión por la literatura y el arte, ha logrado combinar su vida familiar, que incluye a tres hijos, varios gatos y un compañero, con su compromiso por fomentar la lectura en diversas comunidades. En su trayectoria, ha publicado obras significativas como "Una herida absurda", una crónica de viaje acompañada de fotografías, y más recientemente, "Modos y lugares donde sucede la lectura: Una radiografía posible", ambos trabajos que reflejan su profunda conexión con la lectura y su deseo de compartir esta experiencia con otros.
El compromiso de Azulay con la educación se extiende más allá de su labor como escritora. Forma parte del equipo de Escuelas Lectoras del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y participa activamente en la Fundación Ruta 40, donde recorre escuelas rurales. Su labor no solo abarca la mediación sino también la creación de espacios donde los niños y jóvenes puedan descubrir el placer de leer, un aspecto que considera crucial en la formación de la identidad lectora.
En una reciente entrevista, Azulay reflexionó sobre cómo se construye la identidad lectora. Según su visión, este proceso es continuo y se nutre de las lecturas realizadas, así como de las experiencias compartidas con otros. Para ella, el acceso a una variedad de libros es fundamental, ya que permite a los lectores discernir sus preferencias. La identidad lectora se alimenta de las historias contadas, ya sea a través de cuentos, novelas, canciones o incluso refranes, y se fortalece en espacios donde se les brinda la libertad de elección.
Un aspecto destacable de su enfoque es la importancia de elegir lo que se desea leer. Azulay subraya que, aunque las lecturas guiadas por docentes y familiares son valiosas, es esencial que los lectores jóvenes tengan la oportunidad de explorar por sí mismos. En este sentido, cita a la especialista Michelle Petit, quien apunta que el acceso a la lectura no es suficiente; también es fundamental encontrar un camino junto a otros que compartan esta pasión. La interacción con pares y mediadores puede enriquecer la experiencia de lectura y hacerla más significativa.
La posibilidad de que un libro despierte el interés por la lectura es otro de los temas abordados por Azulay. Ella sostiene que el acceso a libros puede motivar a las personas a leer, y que, en ocasiones, un solo libro puede marcar un antes y un después en la vida de un lector. Sin embargo, resalta que este encuentro con la lectura a menudo depende de una situación específica o de alguien que facilite ese primer contacto. La idea de que un libro pueda resonar profundamente en una persona es algo que Azulay considera vital; un texto puede servir como un catalizador que despierte el deseo de leer.
Por último, se abordó la cuestión de si un niño puede convertirse en un lector ávido en un entorno familiar donde no hay tradición de lectura. Azulay responde con firmeza que sí, argumentando que la falta de lectores en el hogar no es un impedimento insuperable. Si bien es ideal que los niños crezcan en ambientes donde la lectura sea valorada y compartida, ella cree que la escuela y otros espacios, como clubes de lectura o bibliotecas, pueden ofrecer oportunidades igualmente valiosas para cultivar el amor por los libros. Ella cita a la reconocida autora Graciela Montes, quien sostiene que la escuela puede ser una gran oportunidad para el desarrollo de la lectura, pero no es la única, ya que otras experiencias pueden resultar igualmente enriquecedoras.
En resumen, la labor de Daniela Azulay va más allá de la mediación de la lectura; se trata de crear un entorno propicio para que los niños y jóvenes descubran el placer de leer. Su compromiso con la educación y la literatura refleja una profunda comprensión de la importancia del acceso a los libros y la posibilidad de elegir lo que se desea leer, elementos esenciales para la formación de lectores críticos y apasionados.



