La cultura de la cancelación parte de una premisa sencilla: hay personas con las que ya no valdría la pena discutir porque sus opiniones o aquello que representan resultarían inadmisibles. En lugar de responderles, la salida sería impedirles hablar. La paradoja, según esta mirada, es que la práctica haya ganado espacio entre intelectuales, artistas y profesores, ámbitos que deberían estar ligados a la libertad de pensamiento y también a la posibilidad de equivocarse.

Frente a una afirmación considerada absurda, el camino debería ser la discusión. Se puede explicar por qué alguien está equivocado, refutar sus argumentos una vez o muchas veces, pero no necesariamente excluirlo de una mesa, una universidad o un museo solo porque sus ideas resultan desagradables. Cada asunto, además, debería abordarse en el terreno que le corresponde: las ideas se discuten con ideas, los hechos con hechos y las obras en tanto obras.

El problema se vuelve especialmente visible en el arte. Caravaggio asesinó a un hombre; Louis-Ferdinand Céline fue un antisemita feroz; Ezra Pound hizo propaganda fascista. También existen numerosos testimonios sobre el trato que Picasso dispensó a algunas mujeres, mientras que Leonardo da Vinci es señalado en el texto por pedofilia. Si para ingresar a un museo o a una biblioteca cada autor debiera presentar antes un certificado de buena conducta, sostiene esta postura, habría que vaciar una parte considerable de los museos y quemar buena parte de las bibliotecas. Conocer la vida de un artista puede ser relevante, e incluso puede modificar la valoración personal que se hace de él, pero no debería convertir automáticamente su obra en un objeto imposible de discutir.