El 26 de abril de 1937, la ciudad vasca de Guernica fue testigo de un ataque aéreo devastador que no solo dejó un saldo trágico de vidas, sino que también se convirtió en un símbolo de los horrores de la guerra moderna. Durante tres horas y veinte minutos, un total de veintisiete bombarderos, respaldados por un escuadrón de treinta y dos cazas, todos pertenecientes a la Legión Cóndor alemana y a la Aviación Legionaria italiana, lanzaron entre treinta y una y cuarenta y seis toneladas de bombas sobre la ciudad. Este ataque, que se inscribe en el marco de la Guerra Civil española, resultó en la devastación de aproximadamente el ochenta y cinco por ciento de las edificaciones, además de la pérdida de al menos mil seiscientas cincuenta y cuatro vidas y numerosos heridos entre la población civil, que contaba con alrededor de cinco mil habitantes.

La ambigüedad en las cifras de víctimas es común en conflictos bélicos, y en este caso no fue la excepción. Tras el bombardeo, un contingente militar franquista ingresó a Guernica y, en un intento de ocultar la magnitud de la tragedia, destruyó censos y documentos que podrían haber facilitado un recuento más preciso de las víctimas. Este acto de destrucción intencional subraya la brutalidad de la guerra y la manipulación de la información en tiempos de conflicto.

Guernica no solo era un asentamiento estratégico para las operaciones militares, sino que también representaba un importante símbolo cultural y emocional para el pueblo vasco. El bombardeo, más que un ataque a un objetivo militar, tenía como fin quebrantar el espíritu de la población, sembrar el miedo entre los republicanos y demostrar la efectividad de los ataques aéreos sobre civiles. Este acontecimiento se ha interpretado como un ensayo general para las tácticas de bombardeo masivo que el régimen nazi utilizaría más tarde en la Segunda Guerra Mundial, marcando un hito en la historia de la guerra moderna.

El contexto del ataque revela un clima de tensión creciente en la región. Apenas un mes antes, el 31 de marzo, la Legión Cóndor ya había llevado a cabo un ataque similar sobre la ciudad de Durango, un hecho que se considera uno de los primeros bombardeos indiscriminados sobre población civil. Historiadores como Paul Preston han señalado que estos ataques tenían como objetivo no solo causar destrucción física, sino también minar la moral de la población civil y obstaculizar las comunicaciones en la zona. Las amenazas y los relatos sobre la inminencia de un ataque a Guernica se habían intensificado, generando un ambiente de miedo y desasosiego entre sus habitantes, que se encontraban completamente desprotegidos ante el avance de las fuerzas franquistas.

La tarde del fatídico día, Guernica estaba repleta de gente debido a su tradicional mercado semanal. Se estima que el número de personas en la ciudad podría haber alcanzado las diez mil, sumando a los habitantes locales a refugiados que escapaban del avance militar. Sin embargo, la ciudad carecía de defensas antiaéreas y había sobrevivido a incursiones previas sin sufrir daños significativos. Esta falta de preparación hizo que el ataque fuera aún más devastador, dejando a la población atrapada en una situación de vulnerabilidad extrema.

El bombardeo de Guernica ha perdurado en la memoria colectiva como un recordatorio de los estragos que la guerra puede infligir sobre civiles inocentes. La obra de Pablo Picasso, que representa el horror de este ataque, ha contribuido a cimentar la imagen de Guernica en la historia del arte y la cultura. En definitiva, este trágico episodio no solo refleja los horrores de la Guerra Civil española, sino que también se erige como un símbolo de la resistencia y la lucha por la paz en un mundo a menudo marcado por la violencia y la destrucción.