Wally Funk, una figura emblemática de la aviación, falleció el 8 de julio en Grapevine, Texas, a los 87 años. Reconocida por ser la primera mujer en desempeñarse como inspectora de accidentes aéreos para la Administración Federal de Aviación (FAA), también fue parte del grupo conocido como Mercury 13, el primer intento de incluir a mujeres en los vuelos espaciales. Su vida estuvo marcada por logros extraordinarios que desafiaron las normas de género de su tiempo, acumulando más de 19.600 horas de vuelo y formando a más de 3.000 pilotos a lo largo de su carrera.

La noticia de su deceso fue confirmada por Duff O’Dell, concejala y amiga cercana de Funk, quien estuvo a su lado en sus últimos momentos. O’Dell mencionó que Funk había enfrentado varios problemas de salud en semanas recientes, incluyendo caídas y una infección en la pierna que, según ella, “le pasó factura”. Este desenlace, aunque triste, cierra el capítulo de una vida dedicada a romper barreras en un campo tradicionalmente dominado por hombres.

Wally Funk nació el 1 de febrero de 1939 y desde joven mostró un interés desmedido por la aviación. Obtuvo su licencia de piloto en el Stephens College de Misuri y continuó su formación en la Universidad Estatal de Oklahoma. En esta última, se unió a los Flying Aggies, un equipo de aviación en el que se destacó por igualar o incluso superar a sus compañeros masculinos en diversas maniobras. Sin embargo, enfrentó una dura realidad: la discriminación de género limitó sus oportunidades en un momento en que las mujeres no podían volar en aerolíneas comerciales ni unirse a la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Ante tales restricciones, Funk encontró su camino como instructora de vuelo en la base militar de Fort Sill, en Oklahoma, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar dicho rol en una instalación militar estadounidense. Este hito fue solo el comienzo de una serie de logros que la llevarían a ser reconocida como una pionera en la industria de la aviación. Posteriormente, Funk se convirtió en la primera inspectora femenina de la FAA, donde desempeñó un papel crucial en la investigación de accidentes aéreos, y más tarde fue la primera mujer en la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB).

En 1961, Funk se unió al programa Women in Space de la NASA, una iniciativa privada destinada a evaluar la capacidad de las mejores pilotos del país para convertirse en astronautas. Junto a las otras 12 participantes del programa, conocidas como Mercury 13, se sometió a rigurosas pruebas físicas y psicológicas que eran similares a las de sus contrapartes masculinos. Aunque la NASA no excluía formalmente a las mujeres, las exigencias de experiencia como pilotos de pruebas militares las dejaban fuera del proceso de selección, un claro reflejo de las limitaciones de su época.

Wally Funk se destacó como la más joven y la que obtuvo los mejores resultados en las pruebas, superando incluso a hombres consagrados. Realizó una prueba de privación sensorial donde pasó más de diez horas, un tiempo superior al logrado por el astronauta John Glenn. Sin embargo, el programa Women in Space fue cancelado sin una justificación formal por parte de la NASA, lo que dejó a Funk y a sus compañeras en un limbo que subrayaba la resistencia cultural a la inclusión de mujeres en la exploración espacial.

El legado de Wally Funk va más allá de sus logros personales; representa la lucha de muchas mujeres que han sido históricamente marginadas en el ámbito de la aviación y la ciencia. Su vida es un testimonio de perseverancia y valentía, un claro recordatorio de que los límites existen para ser desafiados. A medida que se recuerdan sus contribuciones, se espera que su historia inspire a las futuras generaciones a seguir sus pasos y continuar rompiendo barreras en todos los campos.