En octubre de 1924, el renombrado director alemán Fritz Lang se encontraba en Nueva York, maravillado por los imponentes rascacielos que lo rodeaban. Aquella experiencia urbana, en un contexto marcado por la inestabilidad de la Europa de entreguerras, inspiró la creación de "Metrópolis", un ambicioso filme que se estrenó en 1927. Sin embargo, su recepción no fue la esperada: la crítica fue implacable y el público se mostró indiferente, llevando a que la película fuera objeto de censura por parte del régimen nazi, que la fragmentó para su distribución en diversos mercados. Curiosamente, esta historia de fracaso inicial ha encontrado un nuevo hogar en Buenos Aires, donde la obra ha resurgido con fuerza a lo largo de los años.

Lang ya poseía una trayectoria destacada en el mundo del cine, con un repertorio que incluía alrededor de diez producciones, muchas de ellas coescritas con su esposa, Thea von Harbou. Juntos, dieron vida a una narrativa que explora la división entre clases sociales: en la parte superior de la ciudad, los privilegiados disfrutan de una vida de lujos, mientras que, en las profundidades, los obreros enfrentan condiciones deshumanizantes. A través de un relato que aborda la vigilancia y el desapego emocional, el filme deja ver un mensaje final que, aunque ingenuo, sigue generando debate entre críticos y cineastas.

"Metrópolis" se erige como un pilar del cine de ciencia ficción, introduciendo arquetipos que perduran hasta la actualidad. La figura del científico loco y la representación del hombre-máquina, o cyborg, han sido exploradas por obras posteriores, desde "Blade Runner" hasta "El quinto elemento". La obra de Lang plantea cuestiones sobre la relación entre humanidad y tecnología, un tema que resuena aún más en la era contemporánea, donde la inteligencia artificial y la automatización desafían nuestras nociones de identidad y creatividad.

Desde un punto de vista económico, "Metrópolis" fue una producción monumental, con un presupuesto de 6 millones de marcos, equivalentes a más de 40 millones de dólares actuales. Este desembolso la convirtió en una de las películas más costosas de su época. La magnitud del rodaje fue impresionante: más de 37.000 extras, 620.000 metros de celuloide inicialmente filmados, de los cuales solo 4.189 fueron utilizados en el corte final. La producción requirió un esfuerzo titánico que abarcó más de 310 días de filmación, en los que se implementaron 25.000 efectos especiales, elevando el estándar de lo que se podía lograr en el cine mudo.

La estética visual de "Metrópolis" también juega un papel crucial en su legado. La ciudad futurista, con su icónica torre de Babel, simboliza una sociedad dividida y caótica. La maestría de Otto Hunte, un destacado escenógrafo de la época, fue fundamental para crear este universo visual. Hunte, que había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial, se adaptó a las demandas de la industria cinematográfica, tanto en la producción de filmes propagandísticos como en aquellos que criticaban el nazismo, como fue el caso de "Metrópolis".

El proceso de filmación no estuvo exento de desafíos, ya que Lang era conocido por exigir múltiples tomas de cada escena, lo que a menudo generaba tensiones en el set. Las condiciones eran arduas, y algunas secuencias incluso ponían en riesgo la seguridad del elenco. La dedicación y el esfuerzo de Lang y su equipo, sin embargo, se tradujeron en una obra maestra que, aunque inicialmente despreciada, ha encontrado su lugar como un clásico atemporal que sigue inspirando a cineastas y críticos en todo el mundo. A un siglo de su estreno, "Metrópolis" no solo se celebra por su innovación técnica, sino también por su capacidad de provocar reflexiones profundas sobre la condición humana en un mundo cada vez más mecanizado.