La historia suele presentar a los grandes expedicionarios como héroes que atravesaron mares y tempestades en nombre de la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Pero, frente a las piezas culturales trasladadas fuera de sus territorios de origen, esa mirada puede adquirir otro sentido: el pirata, en definitiva, es quien se apropia de lo ajeno.

Un caso es el del Epitafio de Sícilo, una inscripción griega grabada sobre una estela de mármol que, cerca de cien años después de Cristo, un hombre colocó como lápida en la tumba de su mujer. Por su valor histórico y artístico, el objeto es considerado la partitura más antigua de una canción completa de la que se tenga registro. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Dinamarca, institución a la que Turquía reclama su devolución. El argumento es que la pieza abandonó de manera ilegal su territorio de origen, donde estaba reconocida y catalogada.

La discusión sobre la restitución del patrimonio también alcanza al Reino Unido. Grecia reclama al Museo Británico el regreso de los Mármoles del Partenón: una colección de 75 metros de esculturas, frisos y estatuas que decoraban el templo construido en la cima de la colina. En ese contexto, Zoe Zeniodi, titular de la Filarmónica de Buenos Aires, fue consultada por su posición como representante del arte griego durante el concierto que ofreció en el Teatro Colón, dedicado a esta y otras canciones de su país.