La semana todavía no terminó, pero la sucesión de contratiempos ya alcanza para arruinarla. Desde hace varios días, uno de sus gatos —adorable y aficionado a desvelarse— le impide dormir bien. Además, el texto que había preparado con entusiasmo para leer en un taller de escritura fue recibido como un fracaso atronador. Como si fuera poco, minutos antes de comenzar la columna se volcó una taza de café demasiado caliente sobre la mano, la ropa y el piso de madera recién lustrado de la oficina.
Ante la perspectiva de que la jornada todavía pueda ofrecer nuevos e inesperados problemas, buscó en Internet estrategias para revertir una racha semejante. Entre las recomendaciones encontró una propuesta sencilla: escuchar una canción favorita y cantarla. El autor del artículo sostenía que distintos estudios habían demostrado que la música elegida por cada persona puede mejorar el estado de ánimo e incluso ayudar a aliviar la depresión.
La canción seleccionada fue “That Joke Isn’t Funny Anymore”, de The Smiths. La letra, como muchas de las escritas por Morrissey, resulta hermosa y oscura a la vez: “Estacioná el auto al costado del camino. Deberías saber que la marea del tiempo terminará por ahogarte”. Sin embargo, la posibilidad de cantarla quedó descartada porque la escena transcurría en la Redacción y no parecía conveniente arriesgar el trabajo.
En otro sector de Internet aparecieron consejos más cercanos a un manual de autoayuda. “Aceptá que estás teniendo un mal día. Resistirse solo empeora las cosas”, proponía uno. También sugería recordar que se sobrevivió al 100% de los peores días, evocar los momentos buenos y tratar de reenfocar la situación como una oportunidad.



