La noticia de la muerte de Carlos Alonso volvió a poner en primer plano una frase del artista sobre la pintura y una fotografía que lo muestra junto a su hija Paloma. La imagen fue tomada en 1960 por Anatole Saderman, fotógrafo ruso-argentino, y reúne a ambos en una escena que adquirió una nueva dimensión con la desaparición del pintor.
En una tarde de 2004, Alonso había defendido la vigencia de la pintura frente a las distintas formas de producir imágenes, desde el daguerrotipo hasta la entonces incipiente tecnología digital. Sostenía que la pintura era irreemplazable porque alcanzaba un sitio preciso y único de la mente. No podía determinarlo desde la neurología, aclaraba, pero estaba convencido de que ese lugar existía y de que esa certeza le permitía sostener su práctica.
Su defensa también estaba vinculada con una tradición artística que incluía a los viejos maestros, como Rembrandt y Velázquez, y con una manera argentina de revisarlos. Alonso había construido una obra en la que el dibujo y la pintura funcionaban como formas de pensamiento, incluso cuando se sentía parcialmente desplazado por el canon contemporáneo.
En aquella conversación, el artista se apartó del texto que había preparado sobre su relación con Antonio Berni. En lugar de seguir esas tres carillas manuscritas, volvió a hablar de la pintura y mencionó, con una voz débil y quebrada, a Paloma, su hija desaparecida en 1977. La fotografía de 1960, realizada por Saderman, enlaza así la defensa de un lenguaje artístico con una historia familiar marcada por la ausencia.



